Daniel dejó la cuchara sobre la mesa.
—¿Ya los firmaron?
—No todos. Pero están presionando a los que todavía dudan.
—¿Y los libros de cuentas?
Tomás miró a Mariana antes de contestar.
—Desaparecieron del despacho principal. Su tío dice que fueron destruidos en un incendio menor.
Daniel apretó la mandíbula.
—No hubo ningún incendio.
Mariana comprendió entonces la magnitud del problema.
Su marido no había estado huyendo únicamente de una deuda o de un enemigo que quería asustarlo. Había dejado atrás una empresa entera, decenas de trabajadores y una disputa que podía cambiar el destino de muchas familias.
—¿Qué vas a hacer? —preguntó.
—Tengo que regresar.
—¿Cuándo?
—Mañana, si el tiempo lo permite.
Mariana miró por la ventana.
El cielo se había oscurecido y las nubes avanzaban desde el oeste. El aire tenía ese olor metálico que precedía a las peores nevadas.