Pero ahora Mariana veía algo distinto en él.
La seguridad de quien estaba acostumbrado a que los demás obedecieran sus decisiones.
—Mi padre fundó Olmos y Rivas con un pequeño aserradero —comenzó—. Cuando murió, mi tío Esteban y yo heredamos el negocio. Él se ocupó de las operaciones mientras yo me encargaba de ampliar las tierras y negociar los contratos.
—¿Y por qué estabas solo en aquel camino?
Daniel respiró hondo.
—Porque descubrí que alguien estaba vendiendo terrenos que no le pertenecían y desviando dinero de la empresa. Cuando intenté averiguar qué ocurría, encontré documentos que relacionaban a mi tío con esas operaciones.
—¿Tu propio tío?
—Sí.
Daniel se frotó la cicatriz de la mano.
—Lo enfrenté. Él me dijo que estaba confundido, que los documentos eran falsos y que yo necesitaba descansar. Al día siguiente, uno de mis empleados me advirtió que había hombres preguntando por mí. No sabía en quién podía confiar.