Se aseguró de que los libros fueran revisados y de que los trabajadores recibieran lo que les correspondía.
Había aprendido que dirigir una empresa no consistía en ser el hombre más poderoso de una habitación.
Consistía en asumir la responsabilidad cuando algo salía mal.
Mariana también cambió.
Ya no se avergonzaba de pedir ayuda cuando la necesitaba.
Pero tampoco permitía que nadie confundiera la ayuda con el derecho a controlar su vida.
Y cuando alguien le decía que había tenido suerte de casarse con un hombre rico, ella contestaba:
—La riqueza de Daniel fue una sorpresa. Lo que me hizo amarlo fue descubrir quién era cuando no tenía nada que ofrecerme.
Porque aquella era la parte que la gente olvidaba.
Cuando Mariana encontró a Daniel junto al camino, no sabía que él podía comprar veinte ranchos como el suyo.