Daniel estaba reparando una bisagra del establo cuando la vio.
Su expresión cambió de inmediato.
Mariana salió de la casa.
Un hombre de unos cincuenta años descendió de la carreta. Tenía el cabello plateado, un bastón de madera oscura y una sonrisa que parecía practicada frente a un espejo.
—Daniel —dijo—. Por fin te encuentro.
—Esteban.
El hombre miró el rancho.
Luego a Mariana.
—Así que aquí te escondías.
—No me escondía.
—¿No? Tus socios llevan semanas intentando averiguar dónde estás. Tu oficina está llena de documentos pendientes y tu ausencia ha provocado un desastre.
Daniel dejó la herramienta sobre el banco.
—¿Un desastre? ¿O una oportunidad para tomar el control?
La sonrisa de Esteban se desvaneció por un instante.
—No empieces con tus acusaciones absurdas.
Sacó un sobre del bolsillo interior de su abrigo.
—He traído documentos para que regreses a la empresa. Firma la delegación de poderes y podrás descansar mientras yo me ocupo de los asuntos urgentes.