No lo recordaba.
Para mí había sido un gesto sencillo.
Para él, al parecer, significaba mucho.
—Santiago puede olvidar quién estuvo a su lado cuando no tenía nada —continuó—. Yo no voy a hacer lo mismo.
Guardé la tarjeta en mi bolso.
Y salí de aquel lugar.
No sabía adónde ir.
Pero por primera vez en años, una pregunta empezó a abrirse paso entre todo aquel dolor.
¿Y si había sacrificado mi futuro por un hombre que nunca había merecido tenerlo en sus manos?
Capítulo 3: La casa que yo había pagado
Llegué a nuestro pequeño departamento de la colonia Narvarte poco después de las cinco de la tarde.
Abrí la puerta y me quedé inmóvil.
Todo seguía igual.
La taza de café que Santiago había dejado en el fregadero esa mañana.
Los libros de Medicina apilados junto al sofá.