No porque Santiago me hubiera dejado.
Sino porque, después de perder la vida que había construido alrededor de él, tuve que descubrir quién era yo sin sus promesas.
Epílogo: La deuda que nunca pude medir en dinero
Años después, encontré la vieja nota de Santiago en una caja de recuerdos.
«Gracias por creer en mí cuando nadie más lo hizo. Te amo».
La leí una vez.
Después la doblé y la guardé.
Ya no me hacía daño.
No porque hubiera olvidado lo sucedido, sino porque había dejado de utilizar el pasado como una medida de mi propio valor.
Santiago me había enseñado una lección dolorosa sobre las promesas.
Andrés me había recordado que todavía existían personas capaces de decir la verdad, incluso cuando hacerlo resultaba incómodo.
Y yo había aprendido algo que habría querido saber cuando tenía veinte años.