Santiago siguió su camino profesional.
Por lo que supe, su relación con Daniela no duró. También escuché que había empezado a reconocer algunos de sus errores y a reparar ciertas relaciones que había descuidado.
No sé cuánto cambió realmente.
Y, con el tiempo, dejé de necesitar saberlo.
Mi vida ya no dependía de lo que Santiago pensara de mí.
El día de mi graduación llegó una mañana luminosa.
Estaba de pie detrás del escenario, con la bata blanca sobre los hombros y las manos temblando de emoción.
No llevaba joyas costosas.
No tenía un vestido de diseñador.
Y no había un esposo esperando para llevarme a una cena de celebración.
Pero entre el público estaba Fernanda, llorando como si hubiera esperado aquel momento toda su vida.
También estaba Andrés, que había seguido siendo mi amigo durante los años difíciles.