Me entregó una copia.
Allí estaba.
El nombre de Santiago.
Su firma.
Y una declaración que minimizaba el apoyo económico que había recibido durante sus estudios.
Sentí que los ojos se me llenaban de lágrimas.
No por el dinero.
No por el divorcio.
Sino porque el hombre por quien había renunciado a tanto había intentado borrar incluso el recuerdo de mi esfuerzo.
Andrés se inclinó hacia mí.
—Valeria, quiero que sepas algo. Muchos de nosotros vimos lo que hiciste. No todos fuimos capaces de decírtelo. Santiago solía hablar de ti como si fueras una parte de su vida que necesitaba dejar atrás para triunfar.
Bajé la mirada.
—¿Por qué nunca me lo dijiste antes?
Andrés no intentó justificarse.
—Porque tuve miedo de meterme en un problema que no era mío. Y porque pensé que, si hablaba, Santiago acabaría por admitir la verdad por su cuenta.