El peso de la mentira

Un murmullo recorrió el salón.

—Entonces vi algo que me pareció extraño. Había una firma que se parecía a la de mamá, pero no era igual.

Sentí un escalofrío.

Noah me había visto firmar miles de veces. Conocía mi letra, mis movimientos y hasta la manera en que sostenía un bolígrafo.

—Le pregunté a papá por qué estaba usando la firma de mamá. Él me dijo que eran cosas de abogados y que no debía preocuparme.

Julian dio un paso hacia él.

—¡Estás confundido!

—Puede ser —contestó Noah—. Por eso le pedí ayuda a la tía Elena.

Julian se quedó inmóvil.

Ese nombre cambió algo en su rostro.

Elena era su hermana mayor.

Una abogada que había trabajado durante años en el mismo bufete que él, hasta que abandonó la firma por diferencias profesionales.

Yo no sabía que mi hijo había hablado con ella.

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