No hubo un club de campo.
No hubo invitados importantes.
No hubo discursos sobre el éxito.
Solo una familia de amigos que habían aprendido a acompañarnos durante el año más difícil de nuestras vidas.
Cuando llegó el momento de abrir los regalos, Noah encontró una caja que yo había envuelto con papel marrón.
Era pequeña.
Exactamente como la que había llevado a la boda de su padre.
Me miró sorprendido.
—Mamá, ¿qué es esto?
Sonreí.
—Ábrela.
Retiró el papel con cuidado.
Dentro encontró un álbum de fotografías.
Había imágenes suyas aprendiendo a caminar, jugando en el parque, celebrando sus primeros cumpleaños y perdiendo su primer diente.
También había fotografías de nosotros dos durante los últimos meses: cocinando juntos, paseando por la playa y riendo mientras intentábamos armar una estantería que terminó inclinada hacia un lado.