—¿Y si no firma? —preguntó Rodrigo.
Mi suegra sonrió.
—Va a firmar. Solo hay que hacerle creer que es del banco.
Se me cayó el celular sobre la mesa.
Mariana palideció.
—Laura…
—Necesito saber qué estaban intentando hacer.
Patricia aceptó verme esa misma tarde en una cafetería de Plaza del Parque.
Llegó nerviosa.
No pidió café.
Ni siquiera se quitó la bolsa del hombro.
—Perdóname —dijo apenas se sentó—. Debí habértelo enviado antes.
—¿Qué había en esa carpeta?
Patricia bajó la voz.
—No sé todo. Pero escuché varias conversaciones.
—Dímelo.
—Rodrigo debe dinero.
Aquello me sorprendió, pero no tanto como esperaba.
Desde hacía meses notaba cosas extrañas.
Pagos atrasados.
Llamadas que él rechazaba cuando yo entraba a una habitación.
Una vez encontré un estado de cuenta de una tarjeta que no reconocía y Rodrigo dijo que pertenecía a la empresa donde trabajaba.