Era de Camila.
Decía:
“Mamá:
El año pasado pensé que mi cumpleaños era el peor día del mundo.
Este año entendí que no era mi cumpleaños lo que estaba mal.
Eran las personas que me hacían sentir que yo estaba mal.
Gracias por creerme.
Te quiero.”
Me senté en la cama y lloré.
Camila apareció en la puerta.
—¿Por qué lloras?
Me limpié las lágrimas.
—Porque te quiero muchísimo.
Ella sonrió y vino a abrazarme.
Entonces recordó algo.
—Ah, se me olvidaba.
Sacó su celular.
—Papá me mandó un mensaje.
Sentí una punzada de preocupación.
—¿Quieres enseñármelo?
—Sí.
Rodrigo había escrito:
“Feliz cumpleaños, hija. Sé que decir perdón no arregla lo que hice. Estoy trabajando para convertirme en alguien con quien puedas sentirte segura. No tienes que responderme hoy.”
Miré a Camila.
—¿Qué quieres hacer?
Ella pensó unos segundos.