Rodrigo se mudó a un departamento pequeño.
Vendió su camioneta.
Llegó a un acuerdo de pagos con varios acreedores.
Mauricio desapareció de su vida en cuanto quedó claro que ya no había más dinero.
Teresa pasó meses sin ver a Camila.
No porque yo quisiera castigarla.
Sino porque Camila necesitaba sentirse segura antes de decidir cómo quería relacionarse con ella.
Seis meses después llegó el cumpleaños número once de mi hija.
No hicimos una gran fiesta.
Camila no quiso.
Invitó a cuatro amigas.
Mariana preparó enchiladas y yo encargué un pastel de chocolate en la panadería que le gustaba.
Decoramos la sala con globos amarillos.
Cuando llegó el momento de apagar las velas, Camila se quedó mirándolas.
—¿Puedo pedir dos deseos?
—Puedes pedir todos los que quieras —le dije.
Cerró los ojos.
Sopló.
Sus amigas aplaudieron.
Más tarde, cuando todos se habían ido, encontré una pequeña tarjeta sobre mi cama.