Bajó la mirada.
—Entré en pánico.
—¿Y el cumpleaños?
—Perdí el control.
—No.
Lo miré directamente.
—Perder el control dura segundos. Tú llevabas meses diciéndole a nuestra hija que destruiría la familia si hablaba.
Teresa estaba sentada junto a él.
—Yo solo estaba intentando salvar a mi hijo.
La miré.
—Y para salvar a tu hijo decidiste destruir la tranquilidad de tu nieta.
Por primera vez, Teresa no tuvo respuesta.
Las semanas siguientes fueron agotadoras.
No hubo una solución mágica.
No gané millones.
No apareció una herencia secreta.
Tuve que reorganizar mis finanzas, asumir mi parte de las obligaciones legítimas que sí correspondían al hogar y comenzar de nuevo emocionalmente.
Pero el departamento no fue utilizado para pagar las deudas personales de Rodrigo.
Y, sobre todo, Camila dejó de estar sola.
Con acompañamiento profesional y asesoría familiar, fuimos estableciendo medidas para que cualquier convivencia con su padre se manejara pensando primero en su bienestar y conforme a lo que correspondiera legalmente.