La maestra revisó el expediente.
Era el de Rodrigo.
Nunca me había contado nada.
Cuando regresé con Camila, no le hice preguntas.
Solo me senté junto a ella.
—Encontraron tu cuaderno.
Sus ojos se llenaron de miedo.
—Perdón, mamá.
Aquella palabra me dolió más que cualquier otra cosa.
—No tienes nada que perdonarme.
—Papá dijo que perderías el departamento por mi culpa.
—Escúchame bien.
Le tomé ambas manos.
—Ninguna casa vale más que tú. Ninguna deuda es tu responsabilidad. Y los problemas de los adultos jamás son culpa de una niña.
Camila comenzó a llorar.
La abracé.
Y por primera vez me contó todo.
No había sido una sola humillación.
Teresa llevaba meses castigándola emocionalmente cada vez que preguntaba por los papeles.
Rodrigo no siempre participaba, pero sabía lo que ocurría.
Y en lugar de detenerlo, utilizaba el miedo de Camila para mantenerla callada.