Todas terminaban en la misma cuenta.
Le mandé la información a Sofía.
Horas después me llamó.
—¿Conoces a una persona llamada Mauricio Ledesma?
—No.
—Pregúntale a Patricia.
Lo hice.
La respuesta llegó casi inmediatamente.
“Es el socio de Rodrigo.”
Aquella noche Rodrigo apareció afuera del edificio de Mariana.
No sabía cómo había averiguado que estábamos ahí.
Comenzó a tocar el timbre.
—¡Laura! ¡Tenemos que hablar!
No bajé.
Me llamó seis veces.
Finalmente contesté.
—¿Qué quieres?
—Ver a mi hija.
—Camila no quiere verte ahora.
—Tú le estás llenando la cabeza.
Miré a mi hija, que estaba sentada junto a Mariana.
Había escuchado su voz.
Su cuerpo se tensó.
—No vuelvas a decir eso —respondí.
Rodrigo guardó silencio.
Entonces cambió completamente el tono.
—Laura, cometí errores.
—¿Qué documentos querías que firmara?
Silencio.
—No sé de qué hablas.
—Tengo el video.