Mi hermano entró cargando dos maletas, hablando como si la casa ya fuera suya.
—¡Llegamos!
Detrás de él venían sus hijos con mochilas y algunas cajas.
Yo no tenía ningún problema con ellos. Eran inocentes en todo aquello.
Esteban me vio junto a mis cajas y soltó una sonrisa.
—Vaya. Sí entendiste la indirecta.
—Esteban, ahora no —murmuró mi padre.
Mi hermano dejó las llaves sobre la mesa.
—¿Qué pasa?
Mi madre levantó el teléfono.
—El banco dice que no recibió un pago.
Esteban se encogió de hombros.
—¿Y?
—El pago de la casa.
Su expresión cambió.
—¿Todavía deben esta casa?
Silencio.
Fue la primera grieta.
Esteban había llegado convencido de que regresaba a una propiedad completamente pagada.
—Mamá me dijo que era de ustedes —añadió.
—Lo es —respondió ella demasiado rápido.
Mi padre se sentó.
Yo saqué varios documentos de la carpeta.