“Tu hermano viene a vivir aquí con sus dos hijos, así que tú te vas. Ya estuvo bueno de mantener a una parásita.”

Me había echado porque ya no podía controlarme.

Esteban se dejó caer en una silla.

—¿Y pensabas pedirme mis ahorros?

Mi madre no contestó.

Eso fue suficiente.

—Dios mío.

Tomó las llaves que había dejado sobre la mesa.

—Nos vamos.

Mi madre levantó la cabeza.

—¿Qué?

—Mis hijos no van a crecer en medio de esto.

Por primera vez sentí pena por mi hermano.

Seguía siendo responsable por los correos crueles que había escrito.

Pero también había llegado creyendo una versión falsa.

Antes de salir, se acercó a mí.

—Lo del correo…

—Lo leí.

Bajó la mirada.

—Estaba enojado. Sentía que todo me había salido mal y necesitaba creer que volver aquí iba a arreglar mi vida.

—Eso no te daba derecho a tratarme así.

—Lo sé.

No lo perdoné en ese momento.

Pero al menos fue la primera persona que asumió una parte de su culpa.

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