Recuerdo las manos de la doctora. Recuerdo su expresión concentrada. Recuerdo que yo no dejaba de preguntarle si mi hijo estaba vivo.
—Doctora, por favor, dígame algo.
Ella colocó el equipo para escuchar el corazón fetal.
Hubo unos segundos de silencio.
Segundos que me parecieron una eternidad.
Entonces escuché un sonido rápido, irregular al principio, pero inconfundible.
Tum-tum-tum-tum.
El corazón de mi bebé.
Me tapé la boca y comencé a llorar.
—Está vivo —dijo la doctora—. Vamos a vigilarlo muy de cerca. Usted también necesita atención y observación. No podemos asegurar todavía que no haya complicaciones.
Lloré como no había llorado desde que murió mi padre.
No sabía si mi bebé nacería sano. No sabía qué consecuencias tendría aquella pesadilla. Pero había escuchado su corazón.
Y mientras aquel sonido llenaba la habitación, hice una promesa.