Mi firma.
Pero yo nunca había firmado aquellos documentos.
En uno de ellos autorizaba a Javier a administrar una propiedad que mi padre me había dejado en herencia. En otro, supuestamente aceptaba venderla.
Lo más aterrador era la fecha.
Los documentos habían sido preparados antes de nuestra boda.
Cuando Javier me descubrió leyendo, me arrancó la carpeta de las manos.
—Hay cosas que no te corresponde entender —me dijo.
Aquella noche me pidió perdón. Me abrazó, me preparó la cena y prometió que jamás volvería a levantarme la voz.
Yo le creí.
Después quedé embarazada.
Y todo cambió.
Javier comenzó a revisar mi teléfono, a controlar el dinero y a decidir con quién podía hablar. Si cuestionaba sus órdenes, decía que mis hormonas me estaban convirtiendo en una mujer inestable.
Teresa respaldaba cada una de sus palabras.
Ahora, enterrada en el patio, comprendía que la carpeta no era solamente un secreto financiero.