Había imaginado aquel momento cientos de veces durante los últimos doce años. En algunas de esas noches, mientras mis hijos dormían, había pensado en enfrentar a Adrián, ponerle los documentos delante y exigirle que explicara todas sus mentiras.
Pero nunca lo hice.
No porque tuviera miedo de él.
Sino porque necesitaba proteger a mis hijos y reunir pruebas suficientes para que nadie pudiera convertir la verdad en otra de sus mentiras.
—Señora Vargas —dijo finalmente el juez—, necesito que explique al tribunal la naturaleza de este documento.
Respiré profundamente.
—Hace doce años, mi padre me dejó una herencia. No era solamente dinero. También me dejó participaciones en dos pequeñas empresas de transporte y una propiedad industrial en las afueras de Querétaro. Cuando conocí a Adrián, yo ya tenía patrimonio propio.
Adrián soltó una risa nerviosa.
—¡Eso es una exageración! Su padre tenía un pequeño taller.