Tomé el sobre entre las manos.
Recordé a la mujer que había sido cuando lo guardó por primera vez: una mujer que todavía creía que, si amaba lo suficiente, podía evitar que alguien la traicionara.
No sentí vergüenza por ella.
Había hecho lo que sabía hacer con la información y las fuerzas que tenía en aquel momento.
Pero ya no era aquella mujer.
Ahora sabía que podía amar sin renunciar a sus derechos, cuidar de sus hijos sin desaparecer como persona y mantener la dignidad sin permitir que alguien decidiera cuánto valía.
Al día siguiente, guardé el sobre en una caja con algunas fotografías familiares.
No quería destruirlo.
Tampoco quería seguir viviendo pendiente de él.
Lo conservaría como recuerdo de una lección que me había costado doce años aprender.