—¿Entonces tú también trabajaste?
Sonreí.
—Trabajar no siempre significa estar sentada en una oficina. Pero tampoco necesitas decidir quién tiene razón entre nosotros. Puedes querer a tu papá y quererme a mí al mismo tiempo.
Mi hijo me abrazó.
—Yo sé que siempre has estado conmigo.
Aquellas palabras valieron más que cualquier cifra que hubiera aparecido en los documentos.
Porque, durante todos aquellos meses, mi mayor miedo no había sido perder dinero.
Había sido que mis hijos crecieran creyendo que mi valor dependía de lo que ganaba o del apellido que llevaba.
Esa noche, cuando finalmente se durmieron, fui a mi habitación y abrí el cajón donde había guardado el sobre durante doce años.
Estaba vacío.
Había entregado los documentos para que fueran examinados y utilizados en el procedimiento correspondiente.
Por primera vez, ya no necesitaba conservarlos como si fueran mi única defensa.