También incluí un inventario de los documentos originales y las referencias necesarias para solicitar verificaciones oficiales.
No era una trampa.
Era mi forma de asegurarme de que, si algún día Adrián intentaba borrar mi participación, la verdad no dependiera de mi memoria ni de su buena voluntad.
Y esperé.
Durante doce años.
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De vuelta en la sala, el juez pidió un receso para que las partes revisaran los documentos y determinaran cuáles debían verificarse mediante los procedimientos correspondientes.
Adrián salió acompañado por sus abogados.
Yo me quedé sentada.
No sentía ganas de celebrar.
Tampoco sentía que hubiera ganado.
La verdad era que estaba agotada.
Había pasado doce años intentando mantener una familia unida mientras mi esposo convertía mis sacrificios en algo invisible.
Y ahora, frente a desconocidos, tenía que demostrar que no era la mujer inútil que él describía.