Mi esposo abrió la boca, pero no salió ninguna palabra.
Y entonces recordé algo.
El día que nació Valentina, Ricardo había venido a verme a la habitación con una carpeta azul. Me dijo que necesitaba mi firma para completar unos trámites del seguro médico y de la inscripción de nuestra hija.
Yo estaba agotada, dolorida y apenas podía mantener los ojos abiertos.
Le pregunté qué documentos eran.
Me respondió que no me preocupara, que eran simples formalidades.
Pero ahora comprendía que aquella carpeta podía contener algo mucho más peligroso.
—¿Qué pusiste delante de mí ese día, Ricardo?
—No recuerdo.
—¡Mírame y contéstame!
—¡He dicho que no recuerdo!
Valentina empezó a llorar.
La abracé con cuidado y respiré profundamente para no perder el control.
No iba a permitir que mi hija creciera viendo cómo su madre era intimidada dentro de su propia casa.