—Mariana, tenemos que hablar como adultos.
No abrí la puerta de inmediato.
Mi amiga estaba conmigo y la licenciada Patricia me había recomendado que evitara enfrentarme a él a solas.
—¿Qué quieres?
—Quiero arreglar las cosas. Todo se ha salido de control por culpa de los malentendidos.
—¿Malentendidos? ¿También fue un malentendido el documento que preparaste mientras yo estaba dando a luz?
Su sonrisa desapareció.
—No sabes lo que estás diciendo.
—Entonces explícame por qué querías utilizar mi casa para financiar tu empresa.
Ricardo miró hacia la calle y después volvió a mirarme.
—Podríamos ganar mucho dinero. La casa seguiría siendo tuya. Yo solamente necesitaba utilizarla como garantía durante unos meses.
—¿Y mi firma?
Tardó demasiado en contestar.
—El abogado se encargó de los documentos.
—No te he preguntado quién preparó los documentos. Te he preguntado qué hiciste con mi firma.