Parte 2: La verdad que mi padre se llevó a la tumba

El beneficiario era una sociedad que no conocía.

La autorización requería una segunda firma.

La mía.

Me quedé mirando la pantalla durante varios segundos.

Ricardo había dejado la solicitud preparada antes de marcharse.

Quizá esperaba que yo recibiera alguna llamada suya al día siguiente. Quizá pretendía convencerme de que se trataba de una inversión para nuestro futuro.

O quizá estaba seguro de que yo firmaría cualquier cosa que me pusiera delante.

Cancelé la operación y descargué el comprobante.

Después llamé a mi abogada, la licenciada Laura Cárdenas.

Laura había sido amiga de mi padre y conocía perfectamente el origen de mi herencia.

—Mariana, son casi las once —contestó con voz adormilada—. ¿Pasó algo?

—Necesito verte mañana temprano. Ricardo intentó transferir casi cinco millones de pesos a una empresa que no conozco.

El silencio al otro lado de la línea fue inmediato.

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