La publicación tenía apenas cuarenta minutos.
Sentí una punzada en el pecho al ver los comentarios.
Una amiga le había escrito:
«¿Y el papá? ¿Ya llegó?».
Valeria había contestado:
«Está resolviendo unos asuntos. Pero pronto estaremos juntos».
No lloré.
Ya había llorado suficiente por un hombre que no merecía ni una de mis lágrimas.
Tomé capturas de pantalla y las guardé en una carpeta protegida con contraseña. Después hice lo mismo con el contrato de arrendamiento que había encontrado en su computadora y con los mensajes que había descubierto entre ambos.
Necesitaba pruebas.
No venganza.
Aunque, en ese momento, ambas cosas empezaban a parecerme demasiado parecidas.
A las diez y media de la noche, mientras revisaba los estados de cuenta, recibí una notificación bancaria.
Solicitud de transferencia pendiente de autorización.
Abrí la aplicación.
La operación solicitaba transferir cuatro millones ochocientos mil pesos a una empresa llamada Inversiones del Caribe del Norte.