Ni sobre los prejuicios.
Ni sobre la crueldad de los adultos.
Margaret extendió una mano hacia la incubadora más cercana.
—No importa quién nos abandone —susurró—. Yo nunca los dejaré.
Y cumplió aquella promesa.
Las primeras semanas fueron terribles.
Richard no regresó al hospital.
No llamó.
No preguntó si los bebés estaban bien.
Cuando Margaret recibió el alta, tuvo que regresar a casa con ayuda de una trabajadora social y una vecina.
Pero encontró una sorpresa desagradable.
La cerradura había sido cambiada.
Sus pertenencias estaban dentro de varias cajas junto a la entrada.
Richard había decidido terminar el matrimonio.
Y como la vivienda pertenecía legalmente a la familia de él, Margaret tuvo que buscar otro lugar donde vivir.
Con cinco recién nacidos.
Sin trabajo.
Sin ahorros suficientes.
Y sin un esposo que quisiera reconocerlos.
Durante las primeras noches se alojó en casa de Helen, la enfermera que había conocido en el hospital.