Después se despidieron.
No hubo un abrazo romántico.
No hubo promesas de volver a empezar.
Solo dos personas que finalmente podían mirar el pasado sin fingir que había sido distinto.
Hoy, cuando Margaret observa una fotografía de sus cinco hijos, recuerda aquella noche de 1995.
La sala de maternidad.
Los llantos.
Las incubadoras.
El rostro de Richard lleno de rechazo.
Y la promesa que hizo mientras sostenía a sus pequeños.
“No importa quién nos abandone. Yo siempre los protegeré.”
Treinta años después, aquella promesa seguía siendo el centro de su familia.
Sus hijos habían crecido.
Tenían trabajos.
Parejas.
Sueños.
Algunos tenían hijos propios.
Otros todavía estaban construyendo el futuro que deseaban.
Pero todos sabían dónde estaba su hogar.
En la casa de Margaret.
Donde siempre había una mesa preparada.
Donde nadie tenía que justificar el color de su piel.