Cuando una enfermera acercó a los pequeños para que pudiera verlos, Margaret comenzó a llorar.
—Mis bebés —susurró—. Mis cinco pequeños milagros.
Su esposo, Richard Collins, permanecía junto a la cama.
Tenía veintinueve años.
Trabajaba en la empresa inmobiliaria de su padre y provenía de una familia acomodada que siempre había dado demasiada importancia a las apariencias.
Al principio observó a los recién nacidos en silencio.
Después su expresión cambió.
Miró al primer bebé.
Luego al segundo.
Al tercero.
Sus ojos se abrieron con horror.
—Margaret…
Ella levantó la cabeza.
—¿Qué pasa?
Richard señaló las incubadoras.
—Son negros.
Margaret parpadeó, confundida.
—¿Qué?
—¡Los bebés tienen la piel negra!
La joven madre miró a sus hijos.
Tenían distintos tonos de piel oscura, cabello rizado y pequeñas manos que se movían bajo las mantas.
—Son nuestros hijos, Richard.