—No sabía que papá te había empujado tan fuerte.
La miré.
—Rosalind, estabas allí.
—Lo sé.
—Me viste caer.
—Lo sé.
—Y aplaudiste.
Se cubrió el rostro.
—Sí.
No dije nada.
Después de un rato levantó la cabeza.
—Toda nuestra vida papá hizo bromas sobre ti. Sobre tu ropa. Tus citas. Tu trabajo. Tus decisiones.
Asentí.
—Sí.
—Y yo aprendí a reírme.
Sentí un nudo en la garganta.
—También aprendiste a participar.
Rosalind cerró los ojos.
—Sí.
Fue la primera vez que la escuché reconocerlo.
—No voy a pedirte que me perdones hoy —continuó—. Solo quería decirte que estuvo mal.
La observé.
—Gracias.
Se limpió las lágrimas.
—¿De verdad llevas tres años casada?
Sonreí tristemente.
—Sí.
—¿Por qué no me lo contaste?
Pensé antes de responder.
—Porque cuando te contaba algo bueno, terminaba convirtiéndose en una competencia.
Rosalind bajó la mirada.