Ahora entendía que una empresa podía recuperarse de una crisis, que una fortuna podía reconstruirse y que incluso una familia rota podía encontrar una forma de seguir adelante.
Pero la confianza no se recuperaba con dinero.
Y el amor no se demostraba sacrificando la propia voz hasta desaparecer.
No sabía cuál sería el desenlace médico de Alina ni cuánto tardaría la justicia en aclarar las responsabilidades de Lorenzo. Tampoco podía prometer que todo terminaría bien.
Lo único que podía prometer era que ya no volvería a dejarla enfrentarse sola a sus miedos.
Le tomé la mano.
—¿Sabes qué es lo que más lamento? —le pregunté.
—¿Qué?
—Que hayas tenido que enfermar para que yo comprendiera cuánto necesitaba aprender a escucharte.
Ella me miró con los ojos húmedos.
—Todavía puedes escucharme, Dante.
Y tenía razón.