Aquello no demostraba que hubiera provocado la enfermedad de mi esposa, pero reforzaba las sospechas sobre sus maniobras financieras.
La investigación continuaría.
Lorenzo tendría que responder ante las autoridades y ante la empresa.
Cuando le conté a Alina, ella permaneció en silencio durante un largo rato.
—¿Lo odias? —me preguntó finalmente.
Pensé en mi infancia, en las navidades que habíamos compartido y en el hombre que alguna vez había sido mi mejor amigo.
—Estoy furioso con él. Estoy decepcionado. Y necesito que responda por lo que haya hecho.
Hice una pausa.
—Pero no quiero que el odio decida quién voy a ser a partir de ahora.
Alina apoyó la cabeza contra mi hombro.
—Tu padre estaría orgulloso de ti.
Miré por la ventana del hospital. Afuera comenzaba a oscurecer.
Durante mucho tiempo había creído que el éxito consistía en construir un imperio lo bastante grande como para que nada pudiera destruirlo.