Lorenzo dejó de comunicarse conmigo directamente.
A través de sus abogados, negó haber falsificado autorizaciones o provocado deliberadamente la enfermedad de Alina. Afirmó que las transferencias tenían explicaciones comerciales y que demostraría su inocencia.
Yo no sabía todavía qué partes de su versión eran ciertas.
Y aprendí que no debía decidirlo basándome en la rabia.
Un viernes por la tarde, el doctor Bennett entró en la habitación de Alina con una expresión distinta.
—Tenemos los resultados de la última evaluación.
Me puse de pie.
Alina me apretó la mano.
—¿Qué ocurre, doctor?
Él se sentó frente a nosotros.
—Su función cardíaca sigue siendo preocupante, pero hemos identificado una opción terapéutica que merece una evaluación más profunda. Además, el equipo de trasplantes ha confirmado que podemos continuar estudiando su candidatura.
No era una cura.