La familia no debería ser una excusa para la impunidad.
Me quedé mirando la firma de mi padre.
No era la confesión que había imaginado.
No había una revelación que resolviera todos los misterios de golpe. No había pruebas de que Lorenzo hubiera causado su muerte.
Había algo mucho más difícil de aceptar: mi padre había sospechado de ciertas operaciones, había intentado proteger la empresa y había muerto sin poder terminar aquella investigación.
La carta no me decía quién era culpable.
Me decía qué debía hacer yo.
Cuando regresé al hospital, encontré a Alina despierta.
—¿Has descubierto algo? —preguntó.
Me senté a su lado.
—Sí. Mi padre dejó documentos que respaldan la necesidad de investigar las operaciones de Lorenzo. Pero no hay pruebas que relacionen su muerte con lo ocurrido.
Alina cerró los ojos, aliviada y triste al mismo tiempo.