Nathan sonrió.
—Sí, Sarah. Es bueno.
Hailey levantó un puño desde la cama.
—Sabía que ese amanecer traía suerte.
El doctor negó.
—Ciencia, Hailey.
—Déjeme tener mi versión.
Pero la historia no terminó ahí.
Hubo retrocesos.
Una infección nos obligó a detener temporalmente el tratamiento.
Un estudio posterior mostró menos mejoría de la que esperábamos.
Después hubo estabilidad.
Luego otra reducción.
Vivíamos de evaluación en evaluación.
Pasaron seis meses.
Después un año.
Hailey cumplió catorce.
Celebramos en casa.
Sin hospital.
A los quince regresamos al Gran Cañón.
Esta vez no porque creyéramos que sería su último viaje.
Fuimos porque ella insistió.
Michael seguía trabajando allí.
Le habíamos enviado una tarjeta cada Navidad.
Cuando nos vio acercarnos, abrió los brazos.
—No puede ser.
Hailey ya estaba más alta.
Su cabello había vuelto a crecer.