La segunda carta era distinta.
Ya no pedía perdón por algo que no había hecho.
Preguntaba por qué nadie respondía.
Preguntaba por mí.
Preguntaba si todavía guardábamos su ropa.
La tercera fue la que hizo que mi mamá se levantara de la silla y caminara hasta la ventana.
Melissa decía que empezaba a pensar que Ernesto estaba mintiendo, porque cada vez que ella pedía enviar una carta él prometía encargarse personalmente.
Las tres cartas
habían terminado escondidas bajo su cama.
Nunca llegaron a Lucía.
Ese fue el momento en que dejé de pensar en mi abuelo como una figura contradictoria de mi infancia.
Ya no importaba cuántas personas lo llamaran comerciante respetado, benefactor o cabeza de familia.
Había conservado durante años las palabras de una adolescente que pedía regresar con su madre.
Y había permitido que todos nosotros creyéramos que ella había elegido abandonarnos.