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Lucía extendió tres sobre la mesa.
En todos aparecían las margaritas.
—Se equivocaba mucho al principio —dijo.
Pasó el dedo sobre una flor torcida.
—Esta la hizo cuando tenía 12.
Luego señaló
otra.
—Después ya no necesitaba que yo le dibujara los pétalos.
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Me acordé de la prenda rosa dentro de la bolsa de evidencia.
No era una semejanza vaga.
Era la misma forma de bordar.
Mi mamá cerró los ojos.
—Yo debí escucharla.
Sabía exactamente a qué se refería.
Melissa le había dicho que no quería quedarse sola con Ernesto.
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Lucía me había ocultado aquello durante 14 años porque ella misma había permitido que mi abuelo la convenciera de que su hija sólo estaba desafiando reglas.
No intenté consolarla con una mentira.
—Tú le creíste a él —dije.
—Sí.
Fue una respuesta pequeña.