Pero todavía quedaba una pregunta que ninguno se atrevía a formular en voz alta.
¿Melissa seguía viva?
La respuesta no llegó como en las películas.
No hubo una puerta que se abriera de golpe ni alguien corriendo hacia nosotros.
Primero hubo verificaciones.
Después más espera.Luego una confirmación que mi mamá tuvo que escuchar dos veces.
La mujer registrada como Mariana López seguía con vida.
Tenía 29 años.
Mi hermana.
Melissa.
Mi mamá me agarró del brazo con tanta fuerza
que me dejó las marcas de sus dedos.
—Está viva.
Lo repitió varias veces.
No porque no hubiera entendido.
Porque necesitaba acostumbrarse a una verdad que llevaba 14 años prohibiéndose imaginar.
Yo tenía recuerdos borrosos de Melissa inclinándose para amarrarme los tenis, escondiéndome dulces y riéndose cuando yo pronunciaba mal ciertas palabras.
Ella, en cambio, había pasado de los 15 a los 29 años con una versión completamente distinta de nuestra historia.