Gabriel tampoco pudo mirar a Mercedes como antes.
La verdad resolvía una pregunta biológica, no una relación.
Así que Gabriel dejó de intentar recuperar el pasado y comenzó a presentarse en el presente.
Algunas veces ayudaba a reparar una cerca.
Otras llevaba materiales que Adrián había pedido y se marchaba después de dejarlos.
Una tarde arreglaron juntos una bisagra de la puerta.
Hablaron veinte minutos de herramientas y casi nada de sus vidas.
Para Gabriel, fue suficiente.
Semanas después, Adrián le preguntó cómo había comenzado su primer negocio.
Otro día quiso saber por qué nunca se había vuelto a casar.
Gabriel respondió sin convertir las preguntas en oportunidades para justificarse.
—Porque durante mucho tiempo pensé que ya había tenido la vida que quería y la había perdido.
Adrián guardó silencio.
—¿A mamá?
—A tu mamá. Y al hijo que creía que nunca había nacido.