Mercedes no respondió.
—Me viste buscarla.
Nada.
—Me viste despedirme frente a un ataúd vacío.
Mercedes levantó por fin la cabeza.
—Si hubieras sabido que seguía viva, habrías regresado con ella.
—Sí.
—Por eso no podía decírtelo.
La sencillez de la respuesta fue peor que un grito.
Gabriel se sentó.
—¿Falsificaste la primera carta?
Mercedes negó una vez.
—La escribió alguien a mi petición.
—¿Y el dinero?
—Lo envié yo.
—¿Las cartas de Isabel que nunca recibí?
Mercedes guardó silencio.
Gabriel repitió:
—¿Las interceptaste?
—Algunas llegaron a mis manos.
—¿Cuántas?
—No lo recuerdo.
—Yo sí voy a recordarlo.
Mercedes endureció la expresión.
—¿Qué significa eso?
Gabriel sacó una llave de su bolsillo y la dejó sobre la mesa.
Era la llave de aquella casa.
Mercedes la miró.
—Significa que desde hoy no vas a utilizar nada mío como si fuera una extensión de tu voluntad. La casa seguirá siendo tu hogar mientras resolvemos esto. No voy a dejarte en la calle. Pero las cuentas, poderes y autorizaciones que dependen de mí se van a revisar.