La frase era casi idéntica a la que durante años ella había utilizado para justificar cada sacrificio hecho en nombre de su futuro.
—Se llama Adrián.
Mercedes apartó la vista.
—No cambia lo que intento decirte.
—Lo cambia todo.
—Tú tenías veintitantos años. No sabías lo que querías. Isabel te habría retenido en aquella finca. Un niño habría terminado de hacerlo.
Gabriel apoyó las manos sobre la mesa.
—Estaba casado con ella.
—Eras demasiado joven.
—Era mi esposa.
—Y estabas desperdiciando tu capacidad.
Gabriel la miró sin reconocer del todo a la mujer frente a él.
Durante décadas había interpretado la dureza de Mercedes como preocupación.
Incluso cuando ella despreciaba sus decisiones, él suponía que detrás existía una intención protectora.
Ahora comprendía el costo de haber confundido control con cuidado.
—Me dijiste que había desaparecido en la inundación.