Una tarde él preguntó cuánto le faltaba para abrirlo.
Clara levantó la mirada de la libreta.
—¿Por qué?
—Porque me acuerdo de que querías una repostería.
—La sigo queriendo.
Enrique dudó antes de hablar.
—Podría prestarte el dinero.
Clara cerró la libreta.
—No.
—No sería un regalo.
—Tampoco.
Enrique respiró hondo y aceptó la respuesta.
—Está bien.
Clara volvió a abrir la libreta.
Ese pequeño intercambio le dijo más que cualquier discurso porque el Enrique de meses atrás habría insistido hasta convertir su ayuda en una decisión tomada por ella.
El nuevo Enrique todavía tenía que aprender a escuchar una negativa sin buscar cómo vencerla.
Y lo estaba intentando.
La dificultad mayor llegó por otro lado.
Su madre continuó llamándolo.
Al principio preguntaba por él y evitaba mencionar al bebé; después empezó a preguntar si Clara estaba exigiendo dinero, si había hablado con alguien y si Enrique comprendía las consecuencias de unir oficialmente su vida familiar con una relación que ella consideraba inconveniente.