Él parecía haberlo entendido.
Se acercó al mostrador y esperó como cualquier cliente.
—¿Qué me recomiendas?
Clara señaló una charola.
—Esas.
—Entonces dame dos.
—Las vas a pagar.
—Pensaba hacerlo.
Clara le entregó la caja.
Enrique sacó un billete y ella le devolvió el cambio junto con el recibo.
Por un instante, ambos miraron el pequeño papel entre sus manos.
Meses atrás, Enrique había puesto un sobre con dinero frente a Clara porque quería que un problema desapareciera.
Ahora pagaba por algo que ella había construido sin pedirle permiso, y el dinero no compraba silencio, distancia ni obediencia.
Sólo compraba dos postres.
Así tenía que ser.
El bebé estiró una mano desde los brazos de Enrique hacia el borde de la caja.
Clara la apartó suavemente.
—Todavía no.
Enrique soltó una risa.
—Eso lo sacó de ti.
—¿Qué cosa?
—No aceptar lo que quiere sólo porque lo quiere.