Era exactamente el tipo de lugar que había descrito años atrás.
Cuando se lo contó a Enrique, él se alegró y cometió el error de preguntar de inmediato cuánto necesitaba.
Clara lo miró.
Enrique levantó las manos antes de que ella respondiera.
—Perdón. Pregunta equivocada.
—Bastante.
—¿Qué necesitas?
Clara pensó.
—Que el sábado te quedes con el bebé mientras reviso unas cosas del local.
Enrique asintió.
—Eso sí puedo hacerlo.
—Eso sí te lo estoy pidiendo.
La diferencia quedó clara.
El sábado llegó antes de la hora acordada y esperó afuera hasta que Clara abrió.
No utilizó al niño como pretexto para revisar el local, ni preguntó cuánto había pagado, ni ofreció llamar a alguien para conseguirle mejores condiciones.
Tomó la pañalera y recibió a su hijo.
Nada más.
Cuando Clara volvió, encontró a Enrique sentado en el piso, tratando de alcanzar un juguete que el bebé había empujado debajo de una silla.