Había cosas que se habían roto cuando él puso aquel sobre sobre el escritorio, y Clara no tenía intención de llamarlas malentendidos sólo porque ahora Enrique estuviera haciendo lo que debió hacer desde el principio.
Una tarde él se atrevió a preguntarlo.
—¿Crees que algún día puedas perdonarme?
Clara tardó en responder.
—Perdonarte no significa volver contigo.
—Lo sé.
—Y que seas buen papá a partir de ahora no cambia lo que hiciste cuando yo estaba embarazada.
—Lo sé.
Clara lo miró con atención.
—Antes decías que entendías muchas cosas que en realidad querías terminar de escuchar.
Enrique bajó la cabeza con una sonrisa cansada.
—También lo sé.
Clara casi sonrió.
Casi.
Meses después encontró un local pequeño que podía pagar sin entregar todos sus ahorros de golpe.
No tenía nada de la mansión donde había trabajado: era sencillo, con espacio apenas suficiente para una vitrina, unas cuantas mesas y una zona de trabajo donde podía preparar los pedidos que ya empezaban a superar la capacidad de su cuarto.