Todo dentro de mí quedó en silencio.
Entonces recordé algo.
El caldo.
Antes de sentarnos, Mauricio había insistido en servirme personalmente un vaso de agua.
Y cuando Teresa empezó a golpearme, yo ya llevaba varios minutos sintiéndome extrañamente mareada.
Miré a la agente.
—Ellos sabían que yo no podría defenderme.
Ella no respondió.
No necesitaba hacerlo.
Porque en ese momento comprendí que quizá aquella cena nunca había sido una discusión que se salió de control.
Y la póliza de cuatro millones y medio sugería que alguien había esperado que yo jamás lograra llegar arrastrándome hasta la casa de doña Lupita.