Entonces vi la firma.
Sentí que el corazón se detenía.
—Eso no puede ser.
Samuel bajó la mirada.
—Todavía estamos verificando si es auténtica.
La firma pertenecía a Sophie.
Mi hija.
La misma mujer que acababa de salvarme.
—Tiene que haber una explicación —susurré.
Samuel asintió.
—Eso esperamos.
Entonces me mostró un correo electrónico recuperado de la computadora de David.
El mensaje había sido enviado tres meses antes.
«No aumentes la dosis hasta que Sophie confirme que la transferencia está asegurada».
Me quedé inmóvil.
En ese momento, la puerta se abrió.
Sophie entró llevando una taza de té.
Sonrió al verme.
—Mamá, necesitas descansar.
Miré la taza.
Después miré a mi hija.
Por primera vez en veinticuatro años, sentí miedo de ella.
Samuel guardó lentamente la carpeta.
Sophie lo observó.
—¿Ocurre algo?
Nadie respondió.
Entonces su teléfono vibró.