Durante las semanas posteriores a la ruptura, también había tomado una decisión.
Renunció a la agencia de publicidad donde trabajaba para incorporarse de forma gradual a Fundación Luz Abierta, una organización creada años atrás por sus padres para apoyar a personas con discapacidad visual.
Tomás intentó asegurarse de que no actuara por despecho.
—No quiero que sacrifiques tu carrera porque estés herida.
—No lo estoy haciendo por Mateo.
—¿Entonces?
Sofía miró a su madre.
—Aquella noche entendí que existen miles de personas a las que seguramente tratan como si fueran menos capaces. Quiero trabajar para que tengan más oportunidades.
Elena se emocionó.
La fundación tenía un pequeño centro en Coyoacán donde ofrecían capacitación tecnológica, orientación para movilidad, becas académicas y talleres de música.
Allí Sofía conoció a Mariana, una adolescente de diecisiete años que había perdido la vista durante la infancia y tocaba el piano con una seguridad que dejaba a todos en silencio.
Después de una clase, Mariana preguntó:
—¿Tu mamá también toca?
Sofía se sorprendió.
—Tocaba antes de perder la vista.
—¿Y por qué dejó de hacerlo?
Sofía nunca se lo había preguntado.
Esa noche encontró el viejo piano familiar cubierto por una tela.
—Mamá.
—¿Qué estás tramando?
—Nada.
—Cuando dices “nada” con esa voz, siempre estás tramando algo.
Sofía se rio.
Quitó la cubierta del instrumento.
Elena inmediatamente reconoció el sonido.